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Pequeños ayudantes de mamá

Publicado el miércoles, 23 de septiembre de 2009. Autor: Meredith Small

Ya es oficial. Nuestros hijos necesitan un tiempo increíblemente largo para crecer. Meredith Small se pregunta como un truco evolucionista diseñado para ayudar a la familia se ha vuelto en contra de los padres actuales.

¿Qué les ocurre a los humanos que se desarrollan tan tarde? Los chimpancés están listos para reproducirse a los ocho años. Los gorilas ya son mayorcitos a los seis. Pero la infancia humana dura el doble de lo que tendría que durar para un primate de nuestro tamaño e índice de crecimiento. Pasamos más tiempo como niños que ninguna otra especie animal en la Tierra. Y también somos los únicos que alimentamos a nuestros hijos en la adolescencia. Se necesitan unos 13 millones de calorías para criar a un niño, una gran inversión por parte de los padres. Y esto sin contar con las GameBoys y los viajes a EuroDisney. ¿Por qué lo hacemos?

El puzzle de la infancia ha intrigado a los investigadores durante décadas. Algunos creen que una larga infancia es simplemente el resultado de nuestra larga esperanza de vida y no requiere explicación especial. Pero muchos antropólogos están convencidos de que debe haber alguna ventaja evolutiva a la madurez prolongada. Los humanos vivimos vidas complicadas: tenemos cultura, lenguaje y aptitudes técnicas que nos permiten migrar por todo el globo y prosperar. Podemos construir ciudades y civilizaciones, y sobrevivir con nuestro ingenio e intelecto. ¿Tal vez nuestra infancia es tan diferente porque tenemos mucho más para aprender que los demás animales? O tal vez, como un antropólogo ahora reivindica, una infancia larga ha evolucionado para beneficiar a los padres, no a los niños. Él opina que es solamente ahora, en el mundo desarrollado al menos, que criar a los hijos se ha convertido en algo tan costoso.

Una pista posible para aclarar el enigma de la infancia tan extensa se encuentra mirando nuestra evolución como especie. Las primeras criaturas parecidas a las humanas, los australopitecos, que vivieron hace unos 4 millones de años, parece que no tuvieron una verdadera infancia. La evidencia obtenida de los fósiles sugiere que, como los primates, pasaban rápidamente de la infancia a la adolescencia. Pero hace unos 1,5 millones de años, con la aparición del Homo, la infancia empezó a alargarse. El tamaño y la proporción de los esqueletos jóvenes de esa época y el tiempo de las erupciones dentales, sugieren que estos ancestros fueron jóvenes durante años. Cuando apareció el Homo sapiens, hace unos 100.000 años, la infancia era tan larga como ahora.

Es de especial interés que la aparición de una larga infancia coincida evolutivamente con un mayor desarrollo del tamaño del cerebro humano. ¿Pueden ambos hechos estar relacionados? No es un hecho tan simple como dar a nuestros cerebros más tiempo para crecer puesto que su crecimiento se detiene antes de la edad adulta. Pero tal vez proporciona el tiempo necesario para reconstruir la maquinaria que nos ayudará en la edad adulta.

Hillard Kaplan, de la universidad de Nuevo Méjico en Alburquerque, confirma que necesitamos una infancia prolongada para aprender a sobrevivir en nuestra compleja edad adulta. Durante este tiempo de menor responsabilidad, dice, los niños tienen el espacio y la libertad de adquirir las habilidades y los conocimientos técnicos que le servirán de adultos cuando nadie esté mirando o ayudando. Estos conocimientos pueden significar la diferencia entre la vida o la muerte. En pocas palabras, la infancia es una inversión para el futuro.

Kaplan resalta que nuestros antiguos ancestros eran cazadores y recolectores, ocupaciones que requerían una agilidad física y mental que agotaría al sedentario oficinista medio actual. John Block, de la universidad de California, en Fullerton, que estudia niños en Botswana, está de acuerdo. Los cazadores, resalta, tienen que ser capaces de construir sus propias armas, seguir el rastro de los animales, matarlos, descuartizarlos y llevar a casa las partes útiles. Y eso, además de muchas otras habilidades que necesitan conocer para permanecer con vida en la selva y los bosques. Recolectar plantas también requiere muchos conocimientos. Otros primates, incluidos los chimpancés, tienden a confiar en la vegetación que recogen del frondoso bosque, pero los recolectores humanos buscan raíces, semillas y frutos que deben ser procesados antes de comerse. Los recolectores utilizan también herramientas para cavar, cestas y muchas otras herramientas para hacer los alimentos más digestibles. Por eso, Kaplan y Bock argumentan que los niños necesitan un aprendizaje largo para llenar su conocimiento tan crítico y necesario para sostener su vida.

Es una idea atractiva porque confirma las nociones modernas de la infancia, donde los niños pasan gran tiempo en la escuela, estudiando y adquiriendo habilidades que les ayudarán en la función efectiva de su edad adulta. Pero hay poca evidencia directa que lo apoye, y otros antropólogos manifiestan que el objetivo de la infancia no es el aprendizaje y nunca lo ha sido. Nuevos descubrimientos apoyan su visión de que los niños son especialmente hábiles para la supervivencia, al menos como cazadores y recolectores. Si la infancia se ha convertido ahora en un momento de aprendizaje, comentan estos investigadores, es simplemente porque la cultura moderna aprovecha un estado del ciclo de vida extendido que ya está en marcha por otras razones.

A principios de año, Nicholas Blurton-Jones, de UCLA, y Frank Marlowe, de la universidad de Harvard, publicaron los resultados de sus estudios sobre el poblado Hadza del norte de Tanzania (Human Nature, vol. 13, p. 199). Los Hadza son básicamente cazadores y recolectores, pero algunos niños también asisten a la escuela donde se sientan en sus pupitres todo el día. ¿Afectará el tiempo destinado a la escuela a las habilidades del bosque de estos niños? Blurton-Jones y Marlow idearon una serie de encuestas para descubrirlo. Encontraron que los jóvenes que habían practicado durante toda su vida no eran mejores usando un arco y una flecha o subiendo a los árboles baobab para recoger miel que aquellos que habían estado en la escuela. A pesar de que las habilidades en la caza, en particular, variaban según las personas, la experiencia en la infancia no tenía efecto sobre quien era el mejor cazador. De hecho, la eficacia en la caza culmina a los 40, así que la experiencia en la edad adulta es probablemente más significativa. Blurton-Jones y Marlowe también encontraron que las mujeres que se pasaban todo el día cavando tubérculos no eran mejores que los hombres que tenían poca experiencia en esta actividad de subsistencia.

Si la infancia para los modernos cazadores-recolectores no trata sobre aprender ni refinar las habilidades de adulto, entonces nuestros ancestros probablemente tampoco necesitaron la infancia para aprender mucho. “Hay mucho por aprender”, comenta Blurton-Jones y Marlow en su artículo. “Pero, ¿en realidad se necesita tanto tiempo para aprender? Tal vez fuera así si mayormente se aprendiera mediante ensayo y error, como una rata de laboratorio. Pero, desde una edad temprana los humanos imitan y reciben instrucciones, y escuchan a la gente hablando de sus tareas. El aprendizaje humano es muy rápido. Incluso los niños pequeños son aprendices veloces y capaces.”

Otro nuevo descubrimiento hecho por Rebecca Biege Bird y Douglas Bird de la Universidad de Main también sugiere que la infancia está destinada más a crecer entre tareas complejas que no a aprenderlas (Human Nature, vol. 13, p. 239). Observando la manera en que los niños Meriam y los adultos del estrecho Torres, en Australia, recogían peces y moluscos con lanzas y redes, los Bird descubrieron que los niños eran igual de buenos que los adultos tanto en la pesca con lanza como con redes, tareas que son técnicamente difíciles y requieren mucho conocimiento sobre peces, mareas y cebos. Pero, curiosamente, los niños no eran tan buenos recogiendo moluscos, una tarea que cualquiera puede hacer simplemente agachándose y recogiéndolos. “La recolección de moluscos en el mar requiere andar mucho para buscar almejas y conchas que están dispersas por todo el litoral del arrecife”, dice Bird, “así que si andas rápido la cantidad de presas provechosas aumenta.” Pero sólo cuando los niños crecen y andan más y más eficientemente, distrayéndose menos, se convierten en recolectores competentes.

En este caso, la habilidad para realizar una tarea se adquiere simplemente a través del desarrollo físico, no a través del aprendizaje o la práctica. Los niños eran muy buenos pescando aunque la pesca necesita al menos la inteligencia previsora de un adulto, y se les mantenía aparte solamente recolectando porque eran pequeños y menos capaces que los sdultos. “No se necesita la totalidad de la infancia humana para aprender incluso tareas complejas,” dice Biege Bird. “El tamaño y la fuerza a menudo condicionan la experiencia.”

Si la infancia no está destinada al aprendizaje, ¿lo está para adquirir las habilidades sociales en las que los humanos somos tan buenos? “Aprender las complejidades de las interacciones sociales requiere muchos años y muchas oportunidades para establecer los compromisos, las interacciones y el razonamiento social sobre las experiencias,” dice la psicóloga sobre el desarrollo Melanie Killen de la Universidad de Maryland. Pero investigaciones recientes sugieren que los niños saben más sobre las relaciones sociales de lo que pensamos y que las aprenden muy pronto. Incluso los bebés empiezan a llorar cuando oyen a otros niños apenados, lo que sugiere cierto grado de empatía, fundamental para todo comportamiento social humano positivo. Niños de solo cuatro años tienen sentido de la justicia, según estudios realizados por William Damon de la Universidad de Stanford. Y el propio trabajo de Killen con niños de edad preescolar indica que utilizan dicho sentido, así como habilidades negociadoras considerablemente bien desarrolladas, en sus relaciones diarias con los demás.

Los descubrimientos de Killen, basados en vídeos de niños jugando sin adultos alrededor, confirman lo que Peter Berbeek del Colegio Internacional Miyazaki de Japón ha descubierto. Sobre los tres o cuatro años, los niños gestionan sus conflictos interpersonales de manera diferente con su familia que con sus compañeros. Aun más, son más capaces de ello si no hay intervenciones adultas. Los niños de estas edades cambian su estilo de interacción dependiendo de la intensidad con que sientan la amistad, apunta Verbeek, y utilizan herramientas adultas de socialización como la negociación, la conciliación y el hacer las paces tras un conflicto. Y otros estudios confirman lo que cualquier padre sabe: los niños no aprenden cómo hacer y romper amistades siguiendo instrucciones paternas; lo aprenden interactuando con los demás. Todas estas ideas planean sobre la visión tradicional de los niños básicamente egocéntricos y desinteresados con la construcción y mantenimiento de las relaciones.

“El grado en que los niños pequeños entienden las interrelaciones es todavía una cuestión abierta,” admite Verbeek. Pero no hay duda de que sobre los ocho años, las habilidades sociales de los niños son bastante sofisticadas. Incluso el investigador Clark Barret de UCLA sugiere que su conocimiento sobre la manera como otros individuos piensan va más allá de los límites de nuestra propia especie. Los niños de preescolar rápidamente atribuyen las intenciones a los predadores, demostrando una habilidad para leer la mente que habría sido vital para su supervivencia en el entorno ancestral (New Scientist, 13 Abril, p. 34). En general, lo que obtenemos es la imagen de los niños comportándose casi como los adultos en miniatura. Esto ha llevado a un creciente número de expertos en la evolución humana a cuestionarse la idea de que aprender es la razón de una infancia tan larga. “La evidencia palpable de que lo que aprendemos en la infancia contribuye a nuestra aptitud brilla por su ausencia”, comenta la antropóloga Ruth Mace de la universidad College London, quien estudia la evolución de los estados del ciclo de vida humano.

Si una infancia larga no está diseñada para dar tiempo a los niños a aprender, ¿para qué sirve? El antropólogo Barry Bogin de la Universidad de Muchigan-Dearborn ha propuesto una alternativa radical. Él cree que evolucionó para beneficiar a los padres. Boguin argumenta que la infancia temprana (el periodo entre los tres y los siete años en los humanos modernos) es una fase nueva insertada en el ciclo de vida de nuestros ancestros para incrementar el éxito reproductivo. Remarca que todos los otros mamíferos continúan amamantando hasta que sus molares permanentes han salido y pueden defenderse por sí mismos. Esto limita el número de hijos que cada madre puede tener. La idea de Bogin es que nuestra niñez prolongada es el resultado de la evolución, favoreciendo esta nueva fase del ciclo de vida donde los niños no son totalmente dependientes de sus madres y pueden confiar en otros miembros de la familia para comida y ayuda. Esto implica que las madres pueden embarazarse de nuevo aunque tengan niños todavía pequeños.

El simple hecho de que los humanos somos una especie con mucho éxito sustenta la idea de Bogin. A pesar de nuestro tamaño, nuestras largas generaciones y nuestras largas vidas, criamos al ritmo y con la eficacia de pequeños mamíferos con cortas vidas. El típico intervalo entre los hijos es de dos años y medio, comparado con los cinco años de los chimpancés, por ejemplo. Más significativamente, alrededor del doble de los bebés humanos llegarán a los 15 años en comparación con los bebés chimpancés.


Sobre Meredith Small
Meredith Small es profesora de Antropología en la Universidad de Cornell y autora del best seller Nuestros Hijos y Nosotros. Sus estudios se centran en la intersección entre biología y cultura, y la forma en que se ve influenciada por la crianza.

Documentos de Meredith Small publicados en Crianza Natural

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