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¿Son varios padres lo mejor para un niño?

Publicado el miércoles, 23 de septiembre de 2009. Autor: Meredith Small

El antropólogo Stephen Backerman tenía sus cuarenta y tantos años cuando finalmente entendió como se hacen los niños. Él había pensado, como la mayoría, que el espermatozoide de un hombre y el óvulo de una mujer se unían para formar un niño. Pero un día de verano, él y su colega Roberto Lizarralde estaban tumbados en sus hamacas, charlando con Raquel, una anciana mujer de la tribu Barí de Venezuela, cuando ella les mostró su error. Los niños, explicó, pueden fácilmente tener más de un padre biológico. “Mi primer marido era el padre de mi primer, segundo y tercer hijo”, dijo Raquel rememorando su vida. “Pero mi cuarto hijo, en realidad, tiene dos padres”. Era evidente que Raquel no se refería a un padre adoptivo, un padrastro o un tío cercano que se llevara al niño a pescar cada fin de semana. Estaba simplemente explicando la versión de la concepción que tiene el pueblo Barí a esos antropólogos ignorantes: un feto va creciendo con el tiempo gracias a lavados repetidos de esperma, lo que implica, por supuesto, que más de un hombre puede contribuir a la tarea.

Esta charla cambió no sólo la manera en que Backerman y Lizarralde veían las familias de Barí, sino que les cuestionó seriamente la manera en que los antropólogos consideran las parejas humanas. Si la paternidad puede ser compartida, una idea aceptada por muchos grupos indígenas en Suramérica y otras muchas culturas alrededor del mundo, entonces la familia nuclear con una madre y un padre puede no ser el patrón establecido en que siempre hemos pensado. En consecuencia, la conocida historia del comportamiento de pareja humano tradicional, donde el hombre cazador lleva la comida a su casa para su leal esposa, pierde credibilidad. Y si los Barí y otros grupos funcionan perfectamente bien con otros estilos familiares más flexibles, la variedad de estructuras familiares que cada vez resulta más común en la actual cultura occidental (cualquier cosa desde la familia con un solo progenitor hasta una mezcla de familiares) puede indicarnos que no es tan peligroso para el tejido social como estamos inclinados a creer. La gente en esta cultura puede simplemente ejercer las mismas opciones familiares que los humanos han tenido durante millones de años, opciones que han estado en marcha en otras culturas mientras occidente tomaba una visión más estricta de lo que constituye una familia.

Stephen Backerman se acomoda en su silla y observa la topografía de la montaña de papeles sobre la mesa de su despacho en la Universidad del estado de Pensilvania. Cuando consigue localizar en mapa bajo una pila de papeles, muestra una zona en la frontera entre Venezuela y Colombia donde ha pasado 20 años, yendo y viniendo, con los indígenas de Barí.

La cultura tradicional Barí, explica Backerman, ha sufrido numerosos ataques externos, empezando por los conquistadores, que llegaron a principios del siglo XVI. Hoy, los misioneros católicos interactúan con los Barí, las compañías de carbón y petróleo intentan apoderarse de sus tierras, y los traficantes de drogas y las guerrillas les amenazan constantemente. Las influencias de occidente son evidentes: muchas familias se han trasladado desde las grandes viviendas tradicionales a pequeños habitáculos donde sólo puede vivir una familia, y todos emplean ropas y utensilios occidentales. De cualquier forma, los Barí mantienen sus tradiciones en la agricultura, pesca y caza, según Roberto Lizarralde, antropólogo de la Universidad Central de Venezuela, quien les ha visitado regularmente desde 1960. Lizarralde también comenta que los Barí todavía tienen una gran fe en los espíritus tradicionales y la sabiduría ancestral, incluyendo su noción de que un niño puede tener múltiples padres biológicos.

Los Barí creen que el primer acto sexual, que debe ser siempre entre un marido y su mujer, planta la semilla. A partir de entonces, el incipiente feto debe nutrirse de repetidas aportaciones de semen. El cuerpo de la mujer se considera como un navío donde los hombres se encargan de todo el trabajo. “Uno de los motivos que dan las mujeres para tener amantes es que no quieren agotar a sus maridos” dice Beckerman. “Como el soportar una mujer embarazada, dándole la cantidad suficiente de sexo, resulta un trabajo duro para los maridos, así los amantes ayudan en la tarea.” Dicen los Barí que las mujeres engordan durante el embarazo, mientras los hombres adelgazan debido a su arduo trabajo.

Los antropólogos estudian las ideas de una cultura sobre la concepción porque estas ideas tienen un impacto profundo en la manera que la gente vive sus vidas. En nuestra cultura, por ejemplo, la concepción de los hijos conlleva una responsabilidad económica a largo plazo para ambos, la madre y el padre. Tomamos estas obligaciones tan en serio, que cuando un padre no puede mantener a un hijo puede incurrir en una violación de la ley. En el sistema Barí, cuando un hombre es nombrado como padre biológico secundario, también tiene la misma obligación frente a la madre y el niño. Además, se espera que ofrezca regalos de pesca o caza. Estos regalos son una carga significativa porque también tiene que mantener a su mujer y sus hijos principales.

Beckerman y sus colegas han descubierto que nombrar padres secundarios tiene consecuencias evolutivas. Un equipo de etnógrafos, dirigidos por Beckerman, Roberto Lizarralde y su hijo Manuel, un antropólogo del Connecticut College que ha visitado a los Barí desde que tenía 5 años, entrevistaron a 114 mujeres Barí que ya habían criado a sus hijos y les preguntaron sobre su pasado a nivel reproductivo. “Esas entrevistas fueron muy divertidas”, dice Beckerman riéndose. “Mujeres mayores hablándonos sin tapujos de sus amantes.” En total, los investigadores registraron unos 916 embarazos, una media de ocho embarazos por mujer. Pero la mortalidad infantil era también alta, ya que alrededor de un tercio de los niños no alcanzaba más de 15 años. Asignar padres secundarios era un factor crítico al predecir qué bebés serían adultos. Los padres secundarios estaban involucrados en un 25 por ciento de los embarazos, y el equipo determinó que dos padres era el número ideal. Los niños con un padre y un padre secundario sobrevivían a su adolescencia más que los niños que tenían sólo uno o más de dos. Los investigadores también observaron que este decremento en la mortalidad ocurría no sólo durante la vida del niño, sino que también afectaba su vida intrauterina: las mujeres que tenían un marido y un hombre adicional que contribuía con la manutención, tenían menos riesgo de aborto y malformaciones que las otras. Los resultados fueron sorprendentes porque los investigadores pensaban que sería más importante la ayuda durante la niñez. ”Los Barí no están hambrientos; no están en los huesos. Pero debe ser la grasa y la proteína extra que reciben de los padres secundarios durante la gestación la que marca la diferencia”, cuenta Beckerman mientras muestra fotografías de mujeres Barí que parecen bien alimentadas, incluso realmente rechonchas.

Las mujeres Barí parece que usan este sistema más flexible de paternidad cuando lo necesitan. Entre familias, algunos niños tienen padres secundarios cuando sus hermanos pertenecen al marido solamente. El equipo descubrió que la madre está más predispuesta a tomar un padre secundario cuando un primer hijo ha muerto durante la infancia. Manuel Lizarralde arguye que la estrategia tiene mucho sentido, dado que los Barí creen que la mejor manera de curar un niño enfermo es que el padre eche humo de tabaco sobre el cuerpo del niño. “Es fácil imaginar que una madre preocupada piense que si hubiera tomado un padre secundario, hubiera habido más humo para su niño fallecido, con lo que podría haberse salvado. Y se procura esta ventaja para un siguiente hijo”.

Beckerman indica que tener más padres ha sido siempre un seguro para tiempos inciertos: “Como en otra época los Barí fueron cazados como animales por otros indígenas, conquistadores, petroleros, granjeros y agricultores, las posibilidades de que una mujer enviudara cuando ella tenía todavía niños pequeños eran de una entre tres, según los datos recogidos entre los años 1930 y 1960. Tanto los hombres como las mujeres lo sabían. Y ninguno de ellos podía contratar un seguro de vida como en occidente. Al permitir a la mujer que tuviera un amante, el marido hacía todo lo posible para asegurar la supervivencia de sus hijos.”

Las mujeres Barí son también más libres de hacer lo que les place, pues los hombres necesitan de su trabajo. Tener una esposa es una necesidad económica, ya que ellas cultivan, recogen y cocinan la mandioca, mientras los hombres cazan y pescan. “La división sexual de las labores es tal que no puedes sobrevivir sin un miembro del sexo opuesto”, dice Beckerman. Inicialmente los investigadores se preocuparon de que los celos por parte de los hombres hicieran que las mujeres Barí fueran reticentes a tener múltiples parejas sexuales. “En nuestras primeras entrevistas, esperábamos a que los hombres estuvieran fuera de la casa”, dice Beckerman. “Pero un día entrevistamos a una pareja que disfrutaban pensando sobre sus vidas; estaban tumbados en sus hamacas, una al lado de la otra, y era obvio que él no se iba a ir. Así que empezamos con la lista de sus hijos y les preguntamos sobre los otros padres. Ella dijo no, no, no por cada hijo, y entonces el padre interrumpió al llegar a uno y dijo ‘Eso no es cierto, no recuerdas, había ese tipo…’ Y el marido sonreía.”

No todas las mujeres tienen amantes. Manuel Lizarralde descubrió a través de las entrevistas que un tercio de las 122 mujeres fueron leales a sus maridos durante sus embarazos. “Estas mujeres dicen que o no lo necesitaron, o nadie preguntó, o tuvieron ayuda suficiente por parte de la familia y no requerían otro padre para su hijo”, dice Lizarralde. “Algunas incluso admiten que a sus maridos no les gustaba la idea”. O tal vez es un indicio de que los tiempos están cambiando. Basándose en sus visitas más recientes a los Barí, Lizarralde cree que, bajo la influencia de los valores occidentales, el número de las personas que se compromenten a una paternidad múltiple puede ir decrementándose. Pero su padre, que ha trabajado con los Barí durante más de 40 años, no está de acuerdo. Él dice que la práctica es igual de frecuente pero los Barí lo comentan menos abiertamente que antes, pues saben que los occidentales ponen objeciones a sus ideas. Después de todo, los antropólogos necesitaron 20 años para conocer la existencia de los otros padres, y hoy en día los Barí son probablemente incluso más discretos porque saben que Occidente desaprueba sus creencias.

“Lo que esta información nos indica,” dice Beckerman, “es que los Barí pueden estar haciendo algo menos loco con el matrimonio estos días, pero la mayoría de ellos todavía creen que un niño puede tener más de un padre.”

Es importante indicar que la idea de los Barí de que la paternidad biológica puede ser compartida no es una costumbre peculiar de una tribu; los antropólogos han descubierto que esta idea es general en Suramérica. La misma creencia es compartida por grupos indígenas en Nueva Guinea e India, sugiriendo que la paternidad múltiple ha formado parte del comportamiento humano durante mucho tiempo, minando todas las descripciones previas de cómo el emparejamiento humano ha evolucionado.

Desde los años 60, cuando los antropólogos empezaron a definir los escenarios de las primeras parejas humanas, siempre asumieron que el modelo familiar empezó con una mujer y un hombre unidos por siempre para cuidar a los hijos, un modelo que se ajusta perfectamente al comportamiento occidental. En 1981, en un artículo titulado “El Origen del Hombre”, C. Owen Lovejoy, un antropólogo de la Universidad de Kent, esbozó la historia estándar de la evolución humana tal como se usaba normalmente y tal como se presenta en los libros de texto todavía hoy. Los bebés humanos, con sus grandes cerebros y largos periodos de crecimiento y aprendizaje, han sido siempre dependientes de los adultos, una dependencia que separa los humanos de los simios. Las madres solas no podían encontrar comida suficiente para este niño dependiente, así que las mujeres siempre necesitaron de un hombre que estuviera cerca y mantuviera a la familia. Desafortunadamente para las mujeres, tal como los psicólogos evolutivos sugieren, los hombres están predispuestos por su biología a aparearse con tantas mujeres como sea posible para transmitir sus genes. A pesar de ello, estos hombres pueden haber sido manipulados para estar con una sola mujer que les ofreció sexo y la promesa de serles fiel. El hombre, bajo estas condiciones, se aseguraba la paternidad, y puede haberse quedado para asegurarse de que sus hijos sobrevivían.

Este escenario presenta a los humanos como monógamos naturales, formando familias nucleares como una necesidad evolutiva. El único problema es que alrededor del mundo las familias no siempre funcionan así. De hecho, como los Barí y otras culturas demuestran, hay muchas maneras de formar una familia con éxito.

Los Na, de la Provincia de Yunnan en China, por ejemplo, tienen una sociedad centrada en la mujer donde los maridos no forman parte de ella. Las mujeres crecen y continúan su vida con sus madres, hermanas y hermanos; ellas nunca se casan o se van de su recinto familiar. Como resultado, las hermanas y hermanos, más que las parejas de matrimonios, son la unidad económica que trabajan las granjas y pescan. Los amantes masculinos son simplemente visitantes en este sistema. No tienen ni espacio ni poder en la casa, y los niños son criados por sus madres y por los hermanos de las madres. El padre es únicamente identificado si hay un parecido entre él y el niño, e incluso así, el padre no tiene ninguna responsabilidad sobre él. A menudo, las mujeres tienen relaciones sexuales con tantos hombres que el padre biológico es desconocido. “No he encontrado ninguna palabra que especifique la noción de padre en el lenguaje Na”, escribe el antropólogo chino Cai Hua en su libro Una Sociedad sin Padres ni Maridos: Los Na de China. En este caso, las mujeres tienen un control completo sobre sus hijos, propiedad y sexualidad.

Alrededor de Sudamérica, los sistemas familiares varían porque las culturas ponen sus creencias en práctica de maneras diferentes. Entre algunos nativos, como los Canela, los Mehinaku y los Araweté, las mujeres controlan sus vidas sexuales y su fertilidad, y la mayoría de los niños tienen distintos padres. Las mujeres Barí son libres sexualmente desde edades tempranas. “Cuando han completado su ritual de pubertad, una chica Barí puede tener relaciones sexuales con quien quiere, siempre que no viole el tabú del incesto”, explica Beckerman. “Nadie puede decir nada, ni mamá o papá”. Las mujeres también pueden rechazar pretendientes.

En otras culturas de Sudamérica, la vida no es tan libre para las féminas, aunque los miembros de esas culturas también opinen que los niños puedan tener más de un padre. Los Curripaco del Amazonas, por ejemplo, reconocen la posibilidad de la paternidad múltiple como una posibilidad biológica, aunque desaprueban que la mujer tenga otras relaciones sexuales. Paul Valentine, un profesor adjunto de antropología de la universidad de East London que ha estudiado los Curripaco durante más de 20 años dice: “Las mujeres Curripaco están en una difícil situación. Las esposas llegan a la aldea desde distintas áreas y es un sistema muy patrilineal. Si el marido muere, la viuda solamente puede buscar ayuda en sus hermanos o miembros de su propia familia para encontrar un nuevo marido.”

El poder relativo de las mujeres y los hombres sobre sus vidas sexuales tiene consecuencias importantes. “En algunos sistemas sociales y económicos, las mujeres son libres de elegir a su pareja”, dice Valentine. En esas culturas, las mujeres son a menudo los fundamentos de la sociedad, mientras que el hombre tiene menos poder en la comunidad. Las hermanas tienden a quedarse en la misma casa o entorno que sus madres. Las mujeres, en otras palabras, tienen poder para tomar decisiones. “En el otro extremo, de alguna manera, están los hombres que intentan maximizar su éxito evolutivo a expensas de la mujer”, dice Valentine.

Los hombres y las mujeres a menudo tienen un conflicto de intereses en lo que se refiere a emparejarse, el matrimonio y quien debería ocuparse más de los niños, y los ganadores han sido a veces los hombres y a veces las mujeres. Como dice Beckerman de una manera más bien perversa, “cualquiera que crea que en las relaciones de pareja el objetivo es la procreación, obviamente nunca ha estado casado.”

Los Barí y los demás muestran que los sistemas humanos son, en realidad, muy flexibles, y que están preparados para acomodarse a cualquier tipo de pareja o de familia. “Creo que los seres humanos son capaces de hacer la vida extremadamente complicada. Esta es nuestra manera de llevar las cosas a cabo,” dice Ian Tattersall, un paleoantropólogo y cuidador de la división de antropología del museo de Historia Natural de la ciudad de Nueva York. Efectivamente, tal flexibilidad sugiere que no hay razón para asumir que la familia nuclear es el sistema de agrupación humana natural, ideal o incluso más evolucionado. Como dice Beckerman, “Una de las cosas que esta investigación muestra es que los seres humanos son tan listos y creativos montando sus relaciones de parentesco como poniendo naves en el espacio o creando sinfonías”.


Sobre Meredith Small
Meredith Small es profesora de Antropología en la Universidad de Cornell y autora del best seller Nuestros Hijos y Nosotros. Sus estudios se centran en la intersección entre biología y cultura, y la forma en que se ve influenciada por la crianza.

Documentos de Meredith Small publicados en Crianza Natural

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