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El encarnizamiento médico desde una perspectiva de género

Publicado el miércoles, 14 de febrero de 2018. Revisado el miércoles, 14 de febrero de 2018.
Autor: Liz Torres Almeida

Entendemos por encarnizamiento aquella tendencia médica a intervenir de forma innecesaria o discutible en los cuerpos de los usuarios de la sanidad y que resulta en hechos como un exceso o defecto de diagnósticos y terapias y que acaba por perjudicar la salud más que repararla o prevenir la enfermedad.

Dice Juan Gervás, autor y médico, que “el modelo de la salud es patriarcal, está basado en varones. Por ejemplo, la mayor parte de pacientes con síntomas médicamente inexplicables son mujeres porque el modelo de los libros se centra en los hombres; la forma de sufrir y de enfermar femenina no cuadra”. No podía ser de otra forma en una sociedad por entero patriarcal, pero lo cierto es que nos cuesta pensar que instituciones básicas y vitales como la sanitaria puedan verse afectadas también por esa distribución desigual en que el foco importante se limita a lo masculino. Queremos pensar que nuestra sanidad tiene garantías, especialmente en este país donde el sistema es público y goza de buen prestigio a nivel internacional, pero la realidad demuestra cómo las mujeres sufrimos ese encarnizamiento médico por el hecho de ser mujeres. Deberíamos pararnos a pensar en ello, en su por qué y su cómo, y de alguna forma tomar conciencia como primer paso para mejorar un sistema que, una vez más, nos perjudica.

Al revisar estadísticas, noticias y testimonios lo primero que llama la atención es la diferencia entre las áreas donde las mujeres sufrimos encarnizamiento por exceso o por defecto. Básicamente se puede resumir en que nos tienen poco en cuenta (y entonces, nos infradiagnostican) en todas las especialidades en general y que nos sobreatienden, rebuscan y patologizan (luego nos acosan) en dos especialidades en particular: ginecología/obstetricia y psiquiatría. Curioso cuanto menos, ¿verdad? Precisamente allí donde el foco es lo sexual y emocional. Y, por añadido, allí donde quedamos más expuestas y vulnerables, pues se relaciona con nuestros eventos íntimos. Todo un desplazamiento literal de lo que a la sociedad le interesa y preocupa de las mujeres, y, ante ello, se pormenoriza la búsqueda patológica, o incluso se desplazan problemas de otra índole clínica a este área. Y tenemos a ginecólogos muy interesados en saber con cuántos nos hemos acostado para tener una infección determinada y a médicos de cabecera que nos mandan al psiquiatra para que le contemos lo duro que es ser madre antes de derivarnos a un endocrino que descarte una posible tiroiditis postparto.

En lo psiquiátrico la herencia es clara y, aunque (nunca mejor dicho) parezca una locura, no estamos muy lejos de aquellas primeras pinceladas del ámbito psiquiátrico donde masivamente éramos etiquetadas de histéricas. La histeria, del griego hyaterá, se convirtió en una epidemia exclusivamente femenina a finales del siglo XIX y principios del XX, momento en que los males de la mujer se atribuían a su útero ardiente y se curaban a base de las pajas que el amable médico te hacía en consulta y para cuyo tratamiento doméstico se inventó el vibrador. En definitiva, se volvían locas porque estaban malfolladas. Y digo que no estamos muy lejos porque quien más y quien menos ha vivido algo parecido a ir a la consulta preocupada por alguna sintomatología y el profesional le ha preguntado qué tal le van las cosas por casa. O por el curro, ahora que hemos conquistado la emancipación del hogar. Porque no aguantamos el estrés, debe ser, y necesitamos ansiolíticos casi antes de que llegue el resultado de la analítica. Y es que, si como dice Gervás, los manuales diagnósticos se centran en los hombres y nuestra variabilidad sintomática se escurre por la alcantarilla estadística, nos encontramos pequeñitas y sin saber por dónde nos pega el viento visitando al psiquiatra una vez al mes, como la menstruación, para que nos ajuste la dosis (según los datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, tomamos antidepresivos el 14,4% de las mujeres frente al 6,2% de los hombres y en algunos rangos de edad incluso triplicamos frente al sexo opuesto).

En lo sexual, la violencia obstétrica es uno de los temas en que más se está haciendo por visibilizar desde las agrupaciones por el parto respetado y desde algunos colectivos feministas. Y digo que se está visibilizando porque hasta hace bien poco teníamos que contentarnos con salir vivas del parto, madres y criaturas, y, si teníamos alguna emoción traumática, o bien nos asumíamos locas (otra vez) o bien la reprimíamos inmediatamente porque estábamos vivas y eso era lo importante. Actualmente, gracias al trabajo de estas agrupaciones, se nos da permiso para sentirnos mal por cómo nos tratan en el embarazo y parto, e incluso, con suerte, podemos llegar a un segundo parto con información veraz sobre este proceso y alguna herramienta para procurar que el atropello sea menor. Por desgracia, estamos lejos de conseguir una atención obstétrica respetuosa para todas, hayamos estudiado o no, porque no es fácil sobreponerse a los protocolos obsoletos que nos asisten y también es difícil obtener compensaciones legales.

Ibone Olza es, entre otras cosas, psiquiatra perinatal y miembro del Comité Técnico de la Estrategia de Atención al Parto Normal (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad) y una de las voces más potentes contra la violencia obstétrica en España. Según ella, «a lo largo de décadas las madres y sus experiencias han sido desautorizadas, ninguneadas o incluso culpabilizadas desde la psiquiatría, la psicología, el psicoanálisis o la medicina. En vez de ser tomadas en cuenta como verdaderas expertas y conocedoras de sus hijos, han sido excluidas, privadas en ocasiones incluso del contacto con sus hijos o bebés, tachadas de inmaduras o inconscientes e incluso maltratadas.” Gervás apunta en la misma dirección y considera que «con más frecuencia de lo que debería ser normal, la mujer embarazada se convierte en objeto de manipulación en manos de quienes la atienden que, incluso, llegan a convertir el embarazo en una enfermedad. De ahí su apreciación de que, a veces, se esté produciendo violencia de género e, incluso, violación de derechos humanos». Estas perspectivas se ajustan perfectamente a la realidad de la problemática. Estamos tan acostumbradas a que nos traten como a niñas que cuesta pensarnos como maltratadas por quienes «cuidan» de nuestros embarazos. Una etapa que vivimos desempoderadas, con el miedo continuo a que algo salga mal, al dolor del parto y a la muerte. Pensar en el embarazo y parto como un proceso fisiológico, natural y sexual requiere todo un esfuerzo de estudio para deconstruir todo lo que nos han enseñado. Y es que la medicina es necesaria para complicaciones fuera de lo normal, pero las intervenciones innecesarias en estado de salud son precisamente las que mejor nos dirigen allí donde tememos. Lo habitual es que las complicaciones del parto sean producto de la «iatrogenia», daños producidos por un fármaco o procedimiento que un médico realiza.

Entre las asociaciones que sostienen la lucha por un servicio digno de atención obstétrica en nuestro país destaca El Parto Es Nuestro. Isabel Fernández del Castillo, igual que Olza, fue una de las mujeres que constituyó EPEN y que más hace en favor del activismo respecto a nuestros partos. Isabel mantiene que «la obstetricia es una especialidad masculinizada, en su visión, sus valores y sus procedimientos. No en balde, el paradigma bajo el que opera sigue siendo heredero de esos tiempos oscuros en los que las comadronas fueron eliminadas en favor del médico». Y en cuanto al encarnizamiento y la iatrogenia, «las cesáreas innecesarias son un caso claro de encarnizamiento médico, y no olvidemos que en nuestro país las tasas de cesáreas están muy por encima de lo que la Organización Mundial de la Salud considera aceptable. Una cesárea multiplica por cuatro el riesgo de muerte materna. Si es innecesaria, es un riesgo gratuito e injustificable. A veces su necesidad es consecuencia del aumento del riesgo causado por otras intervenciones innecesarias».

Más allá de la obstetricia, la ginecología es la habitación del pánico para muchas. Para las de 14 años y para las de 80, no es raro hacerse pequeñitas en una consulta donde debería darse un feedback desde la naturalidad y el respeto a lo íntimo y a lo diverso que supone la sexualidad. En cambio, lo vivimos desde la vulnerabilidad e incluso la vergüenza. Y es que no es mucho pedir un extra de empatía cuando se tiene a la usuaria abierta de piernas en un potro (obstétrico). La justa para no minimizar los procedimientos que puedan resultar dolorosos o los comentarios que aludan a la vida erótica de la mujer (y que suelen ser desdeñosos, del tipo, «si ya tienes relaciones, ¿de qué te quejas?”). Las mujeres de edad también se ven perjudicadas por un encarnizamiento impensable en los hombres, como las mamografías por rutina con una maquinaria digna de la inquisición, o patologizando la menopausia mediante derivaciones a psiquiatría o con una terapia hormonal que suele traer más pena que gloria. Otro ejemplo podemos encontrarlo en lo que respecta a la planificación anticonceptiva y en cómo la píldora masculina no se ha asentado en el sistema, entre otras cosas, por desencadenar los mismos efectos secundarios que la femenina (aumento de peso, cefaleas, disminución en la líbido, etc).

Para terminar, podemos mirar al otro lado, frente a la tentativa de pensar que este encarnizamiento selectivo puede ser por nuestro bien y que no vaya a ser que, en realidad, a ellos les tengan desatendidos. Lo cierto es que la evidencia científica confirma el sesgo; ante un mismo problema, el esfuerzo diagnóstico y terapéutico es menor si la enferma es mujer. Mª del Pilar Sánchez López, catedrática de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid aporta los datos: “Las exploraciones y tratamientos en patologías coronarias se efectúan menos cuando el paciente es de sexo femenino, y las mujeres con infarto llegan de 2 a 5 horas más tarde que los hombres al hospital. La rehabilitación postinfarto solo se realiza entre el 30% de mujeres afectadas frente al 87% de hombres”.

En definitiva, deberíamos tener en cuenta que el sistema sanitario cojea en nuestra contra para así gestionar nuestra salud, nuestros procesos y esperar que, poco a poco, la igualdad también se aplique a garantizarnos una atención médica como nos corresponde.

Referencias


Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga y sexóloga. Es madre de un niño y ahora está esperando a su segundo bebé.

Documentos de Liz Torres Almeida publicados en Crianza Natural

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