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Las influencias de la psicología en la crianza

Publicado el sábado, 04 de noviembre de 2017. Revisado el sábado, 04 de noviembre de 2017.
Autor: Laura Estremera

Cuando tienes hijos recibes muchos comentarios, opiniones y consejos que muchas veces se contradicen. ¿Y eso por qué? Pues porque no podemos olvidar de dónde venimos y el camino que se ha ido recorriendo hasta llegar a nuestros días.

Las diferentes corrientes que fueron apareciendo en la psicología han influido en la forma de criar y de educar, y, hoy en día, ha llegado hasta nosotros una mezcla, a veces no muy acertada, de lo que ha ido ocurriendo a lo largo del tiempo. No es que “en una generación se recomiende una cosa y en la siguiente la contraria”, sino que la ciencia ha ido avanzando y se ha ido descubriendo que prácticas que se realizaban antaño no estaban pensadas en el niño y que tenían repercusiones negativas a corto o largo plazo.

Se considera a Wundt el padre de la psicología moderna, porque quiso hacer de la psicología una verdadera ciencia separada de la filosofía. Quería entender de qué estaba compuesta la mente: si de sensaciones, de representaciones, etc. Esta primera psicología nació en Europa y lo que le importaba no era el desarrollo del niño, sino definir esa nueva ciencia.

Sin embargo, a los psicólogos americanos no les parecía importante entender de qué se componía la mente. Eran más prácticos y querían saber para qué servía esa mente y qué se hacía con ella, por lo que a principios del siglo XX apareció la corriente funcionalista. Dentro de esta, Baldwin ya mostró el primer interés hacia el niño y su desarrollo.

Paralelamente, en Europa Freud creaba el psicoanálisis, centrándose en la mente enferma y en querer comprender la personalidad, dando importancia al inconsciente, a la sexualidad, a la agresión y también a lo que había ocurrido durante la infancia.

En los años 30, en América había psicólogos que no estaban de acuerdo en estudiar para qué servía la mente, tal y como se había hecho hasta el momento; pensaban que la psicología debía de servir para "controlar" y predecir la conducta. Eran los llamados conductistas. Defendían el desarrollo de una psicología científica, objetiva, con experimentos de laboratorio que se pudieran controlar y replicar. Creían en una continuidad entre el animal y el hombre, por lo que lo investigado en especies inferiores como la rata blanca, las palomas o los gatos se podía generalizar al ser humano. En aquella época todavía no se podía medir la mente del ser humano. No existían aparatos como los de hoy en día, así que creían ser realmente científicos y objetivos.

Dentro de esta corriente, Watson, profesor de psicología de la universidad Johns Hopkins, escribió en 1928 un libro de crianza titulado "Psychological care of infant and child" que se convirtió en la forma que creían “científica” de criar y cuyas prácticas se recomendaron a todas las madres de la época. En su libro se homenajea a Holt, un profesor de pediatría Norteamericano que años antes ya había elaborado un folleto para madres recomendado no tomar al bebé en brazos si lloraba ni mimarlo con demasiado contacto físico, y se refuerzan y agravan sus errores recomendando, entre otras cosas, evitar el contacto físico con el niño para que no hacerlo dependiente de sus padres, mantener la distancia emocional respecto a los hijos, no besarles, abrazarles o acariciarles, no responder con demasiada rapidez al llanto, enseñar a los niños a controlar el horario de comidas y sus esfínteres, y no prestar demasiada atención a los niños para no malcriarlos, todo ello con la idea de crear niños independientes.

Esta corriente tuvo un gran auge entre los años 1930 y 1960 y no solo repercutió en la crianza, sino que también lo hizo en la educación. Las técnicas de modificación de conducta tipo economía de fichas (tablas que se rellenan con pegatinas para conseguir algo o eliminarlo), los premios, los castigos o la estrategia de ignorar para eliminar algo no deseado tienen aquí su base. Cuando se investigaba con animales y no se tenía en cuenta el cerebro, la mente o las emociones (simplemente porque aún no se sabía cómo hacerlo), todo se basaba en la conducta observable:

  • Si al dar un premio se hacía algo más veces, era un éxito
  • Si al retirar algo que le gustaba dejaba de hacerlo, era un éxito
  • Si le dejabas llorar solo en la habitación pero finalmente se dormía, era un éxito
  • Si ignorabas el llanto y dejaba de llorar, era un éxito

Lo importante siempre era lo observable, sin saber lo que realmente estaba pasando dentro de la persona.

En los años 50, la teoría del apego, que, de hecho, no fue una corriente psicológica en sí sino la compilación de varías investigaciones diferentes, repercutió en gran medida en la forma de criar, dando un giro a las prácticas que se estaban llevando a cabo hasta el momento. Su mayor representante, Bowlby, realizó un informe para la OMS sobre la pérdida afectiva que sufrían los niños que vivían en orfanatos, llegando a la conclusión de que lo importante para sobrevivir y ser una persona emocionalmente sana, no era que el niño comiera o estuviera limpio, sino que necesitaba cariño, seguridad afectiva y lo que él denominaba apego con una figura de referencia para desarrollarse adecuadamente. Justamente esta era la parte que el conductismo desatendía y pretendía evitar.

En los años 60, volvió a cobrar interés estudiar la mente porque se creía que era posible analizarla como si fuera un ordenador. Surgió entonces el cognitivismo y la creación de aparatos que permitían medir la mente y saber lo que ocurría dentro de ella en diferentes situaciones. Estos instrumentos permitían, por ejemplo, medir las hormonas, la tasa cardíaca y la conductancia de la piel para saber, por primera vez, qué pasaba en el interior de un niño que se dormía llorando.

Así se pudo determinar científicamente lo que ocurría dentro del cuerpo y no solo la conducta observable. Gracias a la investigación sobre la importancia de los vínculos afectivos para el desarrollo emocional sano y a la influencia de posteriores corrientes psicológicas, se demostró que el bebé necesitaba contacto, que atendieran sus necesidades y que su llanto no causaba dependencia ni que se malcriara. Por el contrario, el niño que se sentía seguro, atendido y querido, podía dedicarse a explorar el entorno y a aprender y, por lo tanto, convertirse en un ser autónomo llegado su momento.

Ignorar a los bebés, “enseñarles” a dormir, alimentarlos según horarios rígidos, evitar el sentimentalismo y el contacto físico o reducirlo a la higiene o la alimentación, y “adiestrar” sus esfínteres no solo era contraproducente y generaba niños más ansiosos, sino que además podía crear problemas emocionales a largo plazo, así como predisposición a la ansiedad y a la depresión.

Pero, aunque hayan pasado los años, hoy en día todavía nos llegan consejos de la época de nuestras abuelas, basados en los escritos de Watson. Y a pesar de que la investigación, el instinto y el sentido común los hayan desmontado desde diferentes perspectivas, todavía están muy arraigados en la tradición popular (y, a veces, en algún “profesional”). Por suerte, hoy en día tenemos a nuestro alcance herramientas e información para conocer aquello que beneficia o que perjudica a nuestros bebés e hijos y, de esta forma, poder decidir una forma de crianza que lo tenga en cuenta.

Referencias:

  • Bowlby, J. (2006) Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y pérdida. Madrid, Morata.
  • Lafuente, E; Loredo, J. C; Castro, J; Pizarroso, N. (2017) Historia de la psicología. Madrid, Uned.
  • Montagu, A. (2004) El tacto, la importancia de la piel en las relaciones humanas. Barcelona, Paidós.

Sobre Laura Estremera
Laura Estremera Bayod es maestra de audición y lenguaje, técnico superior en educación infantil y autora del libro Criando. Puedes consultar su blog de actividades para el primer ciclo de educación infantil en www.actividadesparaguarderia.blogspot.com y descargarte su libro de manera gratuita en http://www.bubok.es/libros/245841/CRIANDO

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