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Los efectos del maltrato infantil

Publicado el lunes, 13 de mayo de 2013. Autor: Sandra Baita

Los malos tratos en la infancia tienen cada vez más visibilidad en la sociedad actual. Sin embargo, esto no significa que las prácticas de detección e intervención sean, por tanto, las ideales. Múltiples factores contribuyen a ello: falta de formación o formación deficitaria en los profesionales y agentes sociales que trabajan en contacto con niños, políticas públicas y recursos económicos y humanos escasos, y una dificultad social para enfrentar el problema. La mayoría de los malos tratos ocurren en el seno de las familias, y muchas veces, el horror que un niño vive en el lugar donde debiera ser protegido de todo sufrimiento es tan abrumador que los operadores, médicos, terapeutas, maestros o enfermeros prefieren no mirar. Pensar que es un problema interno de la familia y que, por lo tanto, no hay que intervenir en cuestiones privadas, suele ser un argumento muy extendido.

Otros argumentos que nuestra sociedad utiliza para auto protegerse de este horror pueden ser los siguientes: si se trata de una situación de abuso sexual y el niño afectado es pequeño, se dirá que es difícil comprobar el abuso, debido a las limitaciones que la edad impone al niño a la hora de describir lo que le sucedió. También es posible que se esgriman argumentos relacionados con los efectos del abuso tales como ya lo olvidará, es mejor no preguntarle. Si sucede en el contexto de un divorcio parental, se dirá que es altamente probable que la acusación sea falsa, y que haya sido hecha como manera de vengarse del excónyuge acusado. Si la víctima es una adolescente, se pondrá en duda su credibilidad sobre la base de su conducta: ¿no lo habrá provocado con esa vestimenta que usa? Si tiene un novio, se pondrá en duda la posibilidad del abuso porque tal vez ya haya tenido relaciones sexuales con él, entonces ¿por qué nos quiere hacer creer que le ha sucedido con su padre esto que dice?

El castigo físico como forma de disciplinar sigue siendo el factor que alienta las prácticas de maltrato físico hacia los niños. La idea de que "las malas conductas y los malos hábitos" se corrigen con azotes, se basa muchas veces en la propia crianza de los mismos padres, que justifican su conducta correctiva planteando que a mí también me pegaban y salí bien, por cierto.

El descuido en la higiene o la vestimenta del niño, la carencia de hábitos regulares de alimentación o sueño, el desinterés por sus actividades y la falta de estimulación son mirados como prácticas poco adecuadas, pero que se circunscriben en los estilos parentales y familiares de crianza, en los que nadie tiene derecho a meterse. La negligencia pasa así inadvertida o, peor aun, es incluso justificada.

El maltrato emocional (aterrorizar, aislar, humillar, insultar, amenazar) es visto como una variante del maltrato físico, pero sin el componente del golpe. Estos padres son vistos como personas un poco exageradas, tal vez incluso se las tilde de "agresivas", y es muy probable que ni se compartan ni avalen tales conductas, pero, de nuevo, la paternidad parece dar derechos únicos sobre los hijos.

Sin embargo, esta actitud como sociedad ante tales conductas, solo garantiza que las mismas se perpetúen, e incluso que se agraven. Solo miramos al niño cuando este causa "problemas" en los ámbitos extrafamiliares, sobre todo en la escuela: cuando no estudia, cuando se distrae, cuando no rinde académicamente lo que debiera, cuando es agresivo con sus compañeros y con los adultos, cuando es desafiante, cuando está aislado, cuando es extremadamente inhibido, cuando tiene explosiones de rabia, cuando su conducta es la de un niño de menor edad, cuando agrede física o sexualmente a otros compañeros, cuando es disruptivo, cuando parece ausente o depresivo. Es decir, cuando los efectos del maltrato infantil se hacen incómodamente visibles.

El maltrato, en todas sus formas, impacta en el desarrollo infantil. Lamentablemente muchos niños son expuestos a varias formas de maltrato simultáneamente, lo cual agrava el cuadro de situación. Los niños que son maltratados física, verbal y sexualmente deben desarrollar un estado de alerta permanente, porque no pueden predecir cuándo el peligro se hará presente. Estímulos neutros o insignificantes activan esa alarma permanente, incluso en contextos no violentos. La atención se focaliza prioritariamente en el peligro de daño y en el reconocimiento de las vías de escape posibles y, en consecuencia, el espacio para el aprendizaje de nuevas experiencias y nuevos contenidos queda altamente limitado.

Los niños que son descuidados y sumidos en la mayor de las negligencias físicas y emocionales, aprenden a acallar sus necesidades, a desconocerlas y a no registrarlas, porque han aprendido que no tiene sentido pedir cuando no le será dado, ni sentir cuando no será consolado. Frío, calor, hambre o sueño son necesidades esenciales que pierden todo parámetro de referencia, porque el adulto falló a la hora de convertirse en el principal referente.

Estas adaptaciones, necesarias para seguir sobreviviendo, no están exentas de costes. La principal consecuencia de la exposición temprana y crónica al maltrato en todas sus formas es una desregulación de los estados afectivos y conductuales. La siguiente es una lista ilustrativa, y no exhaustiva, de algunas de las consecuencias y efectos que el maltrato infantil repetido en el ámbito familiar tiene sobre quienes lo sufren desde edad temprana:

  • Dificultades para reconocer, tolerar, expresar y modular los estados afectivos: las emociones no existen o se sienten de manera tan abrumadora que solo pueden salir como una explosión. Son los niños Superman a los que nada parece afectar (no tienen miedo, nada les duele, pueden con todo) o los niños villanos cerca de quienes nadie desea estar: empujan, escupen, dan patadas, gritan, insultan, no reconocen límites ni autoridad, asustan a sus compañeros y desacatan todo límite.
  • Perturbaciones en la regulación de funciones corporales básicas tales como sueño (no duermen bien porque tienen pesadillas o terrores nocturnos, tienen dificultades para conciliar el sueño o no pueden dormir sin la presencia permanente de otra persona), alimentación (no comen o lo hacen desaforadamente, comen como forma de calmarse) y el control de esfínteres.
  • Dificultades para darse cuenta de dónde está el peligro, lo cual les hace incurrir en conductas de riesgo (irse con extraños, confiar en desconocidos, incurrir en conductas de riesgo corporal).
  • Intentos desajustados de autocalma que incluyen desde lastimarse hasta ideas suicidas, intentos de suicidio o consumo de sustancias adictivas. A veces, buscan llamar la atención de los adultos que los rodean sobre su propio malestar amenazando con hacerse daño. Esta conducta suele ser vista por los adultos como un intento de manipulación y el niño es, o bien castigado por ello, o ni siquiera es tenido en cuenta, lo cual lo deja a solas con su propio sufrimiento y un malestar interno muy intenso, que no sabe cómo calmar. No pide ayuda, porque no cree que la pueda encontrar, ni confía en que esa ayuda pueda serle de utilidad.
  • Dificultades en el aprendizaje determinadas por problemas para mantener la atención, abulia, apatía, falta de curiosidad, expectativa de que fallará, abandono de los intentos por mejorar y aprender de los errores, dificultades para planificar objetivos y organizar tareas, y para anticipar consecuencias derivadas de las propias conductas.
  • Desregulación en la relación con los demás, sean estos padres o adultos: desconfianza extrema o dependencia excesiva de los otros, preocupación por satisfacer y cuidar a los propios cuidadores, reactividad o inhibición extrema, conductas de sumisión que lo colocan en riesgo de ser explotado o victimizado nuevamente.

Nuestras acciones como sociedad en la que estos niños y niñas crecen y se desarrollan pueden evitar o cuanto menos amortiguar estos efectos. Detectar el maltrato e intervenir para que no continúe, no solo beneficia a sus principales víctimas, los niños y niñas, sino que nos da la oportunidad de ofrecer a los adultos vías alternativas de sanación de sus propias heridas, las que los ha colocado en el camino del maltrato a sus propios hijos. Y nos permite pensar que, en un futuro, estos niños por los cuales intervenimos hoy podrán funcionar como adultos sanos emocional, biológica y socialmente, y serán capaces de evitar la perpetuación de un ciclo de violencia que nos empobrece a todos.

Bibliografía consultada

  • Baita, S. (2009). Prefazione. Verso una definizione di "trauma evolutivo": quale futuro?. En Ardino, V. (comp.) Il disturbo post-traumatico nello sviluppo, Milano, Edizioni Unicopli.
  • Lipina, S.J. (2006). Vulnerabilidad social y desarrollo cognitivo. Aportes de las Neurociencias. Buenos Aires, Universidad Nacional de San Martín y Jorge Baudino Ediciones.
  • Perry, B. (1997). Incubated in terror: Neurodevelopmental factors in the Cycle of Violence. En Osofsky, J. (ed) Children, Youth and Violence: The Search for solutions. New York: The Guilford Press. (págs. 124-148).
  • Schore, A.N. (2003). Affect Dysregulation and Disorders of the Self. New York: W.W. Norton & Co.

Sobre Sandra Baita
Sandra Baita es psicóloga clínica con una amplia formación en el diagnóstico y tratamiento del maltrato infantil, trauma complejo y disociación. Es miembro de la International Society for the Study of Trauma and Dissociation y terapeuta EMDR.

Documentos de Sandra Baita publicados en Crianza Natural

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